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08 de octubre
06:44 2026
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¿Qué relación tienen un campanario medieval y un servidor digital?

En 1173 comenzó la construcción de un campanario destinado a convertirse en símbolo del esplendor de Pisa. Apenas unos años después, la torre empezó a inclinarse. El terreno era demasiado blando y los cimientos, insuficientes para soportar el peso de la estructura. Lejos de abandonar el proyecto, los constructores adaptaron el diseño para compensar el desnivel, una decisión que permitió completar la obra, aunque el problema de origen nunca desapareció.

Con el paso de los siglos, la Torre Inclinada de Pisa dejó de ser un error de ingeniería para convertirse en uno de los monumentos más reconocibles del mundo. Sin embargo, su estabilidad solo fue posible gracias a sucesivas intervenciones de consolidación y monitorización estructural que continúan hasta la actualidad. La historia demuestra que los problemas más complejos rara vez aparecen de forma repentina: suelen comenzar por una vulnerabilidad que pasó inadvertida.

Ocho siglos después, los cimientos de muchas organizaciones ya no son de piedra. Son infraestructuras digitales, centros de datos, sistemas de respaldo, protocolos de seguridad y planes de continuidad de negocio. Y, como ocurría en Pisa, las vulnerabilidades más importantes no siempre son las más visibles.

El incendio que afectó al centro de datos de OVHcloud en Estrasburgo en 2021 es un buen ejemplo. Millones de sitios web quedaron fuera de servicio y numerosas empresas vieron interrumpida su actividad. Más allá del propio incendio, el incidente puso de relieve cómo determinadas medidas básicas de protección, redundancia y recuperación pueden marcar la diferencia cuando se produce un fallo inesperado.

Esta realidad refleja una transformación profunda en la gestión del riesgo. Las organizaciones ya no solo deben proteger sus activos físicos, sino también aquellas capacidades que sostienen su actividad diaria y que, en muchas ocasiones, permanecen invisibles hasta que dejan de funcionar. Mantenimiento, monitorización, redundancias o planes de respuesta siguen siendo elementos esenciales en un entorno donde las operaciones dependen cada vez más de infraestructuras interconectadas.

La resiliencia no empieza cuando ocurre una crisis; empieza mucho antes, identificando y corrigiendo las vulnerabilidades que podrían desencadenarla. Prepararse para escenarios de interrupción ya no consiste únicamente en responder con rapidez, sino en construir organizaciones capaces de mantener su actividad cuando surgen imprevistos.

La Torre de Pisa continúa en pie porque, durante siglos, se entendió que el verdadero desafío no era corregir su inclinación, sino reforzar los cimientos que la sostenían. En las organizaciones ocurre algo parecido. La innovación, la digitalización o la automatización transforman la forma de operar, pero no sustituyen la importancia de construir sobre bases sólidas.

Porque, ya se trate de un campanario medieval o de un servidor que da soporte a millones de operaciones, los grandes incidentes rara vez nacen de un único fallo extraordinario. Con frecuencia son el resultado de pequeñas vulnerabilidades que permanecieron demasiado tiempo sin corregirse.

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